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Encontramos en el urbanismo frailero un halo mágico que mana de la misma forma que el agua corre a través de sus arroyos que surcan su paisaje agreste. Verde de las huertas, con lunares de color de los frutales, casas que se agolpan sin ton ni son, nogales que refrescan y adornan aquí y allá, chimeneas que humean en invierno y embellecen los tejados en verano.

Urbanismo caótico con predominio de la cal, empinadas calles que en zig- zag nos recuerdan un pasado árabe, escalerillas, salientes y hermosas vistas, tajos, ríos y puentes, ermitas y fuentes, configuran un urbanismo con el encanto de otros tiempos.

La configuración del casco urbano es una joya de la arquitectura popular, calles estrechas, callejones sin salida, calles que se ensanchan para formar una plazoleta, casas que se abren al abismo para conseguir las mejores vistas. El binomio casa-huerta, que en otros siglos fuese el motor del urbanismo y de la economía, se encuentra en franco retroceso, las huertas están siendo urbanizadas y las nuevas casas que se construyen ya no precisan de un huerto.

Aquí la naturaleza no se adoba de encantos manufacturados preparados de antemano, de ahí que su belleza, no buscada, estimule una admiración que no se detiene en lo 'bonico', pues ahonda en la zona profunda que unifica lo estético y lo trascendente. Era frecuente en Frailes que corriera por medio de las calles un riachuelo de agua procedente de los sobrantes de El Nacimiento, que con su toletole sonoro hacía de compaña a los viandantes solitarios. También eran muchos los lavaderos que existían en todos los lugares por los que corría el agua.